La primer parada de este viaje es Madrid, a la que arribamos con tiempo de sobra y, aunque quisiera conocerla en este momento, pocas horas me alejan de mi destino final, siendo imposible dar un vistazo. Lo que sí puedo disfrutar es de la arquitectura de su aeropuerto: enormes arcos de color nos dan la bienvenida a este país. La misión ahora es localizar la puerta del avión para hacer la conexión a Santander. Pero primero lo primero: Revisión de pasaporte y visado.
Al llegar a las casetas, nos pregunta el joven por nuestros documentos y los entregamos. Los toma, mira nuestras fotos y después nuestras caras, y en broma pregunta si en verdad somos nosotras; no sé si lo hizo para romper el hielo, o definitivamente las fotografías no nos hacen justicia. De una u otra manera, rompemos en risa. Una vez verificados ambos pasaportes, procedemos a buscar el camino hacia la terminal 4, de donde salen los vuelos. Tomamos un pequeño transporte, y al llegar a la T4, el siguiente paso es buscar la sala K. Marcada con un enorme cuadro luminoso en azul, es sencillo distinguirla... El problema viene cuando nos enteramos que la sala K se divide en 98 distintos puertos de salida, en forma de un corredor enorme. ¿Y en cuál debíamos estar? Sólo el equipo de Iberia podía contestarnos esa incógnita: K93, con horario de 9 am hacia la ciudad de Santander. Son las 7:30 en ese momento, con internet limitado a 15 minutos, los cuales se aprovecharon para informar en casa (y facebook) que sigo viva. Ya que ese tiempo se ha agotado, lo único que se puede hacer en un aeropuerto, mientras esperas es... Bailar. Si, bailar al ritmo de salsa o cumbia... o lo que haya de soundtrack en el momento. Si señores, las mexicanas ya llegaron, y no les da pena NADA. Una pareja francesa y una familia estadounidense se divierten con el espectáculo. La última media hora la dedicamos a comer algo y pasar al WC, antes de abordar. Adiós Madrid, espero verte pronto.
Al subir al avión, mi cuerpo ya me pide descanso y duermo de manera automática, apenas me acomodo en el asiento. Un vuelo de escasos 55 minutos, y lo que me despierta es el aterrizaje; he llegado, Santander. Un aeropuerto pequeño, perfecto para la pereza de este momento; sólo cruzo una puerta y ya está la banda, paseando mi maleta. La tomo, y buscamos un autobús que nos lleve a la ciudad: cómodo, con espacio para el equipaje...Todo muy coqueto. Escasos 15 minutos de viaje, y ya estoy en Santander. A la taquilla para comprar el boleto final: San Vicente de la Barquera, andén 6, 12:00. ¿Por qué no? Esperar ya se hizo un hábito, y las dos horas siguientes duermo en una silla de la estación.
Diez minutos antes de que salga el camión, bajamos a los andenes. ¡Que frío hace! Y tengo que sacar una chamarra extra, o moriré antes de decir San Vicente. Cinco minutos antes, y no vemos el transporte...¿Qué pasa? Preguntamos y nos dicen que se encuentra en el andén 30. Tampoco está...¿Se habrá ido antes? Y consultamos de nueva cuenta, cuando lo vemos llegar. Efectivamente, se detiene en el andén 30 y abren las puertas para meter las maletas. Meto mi mochila, y subo... El jetlag ya se la está cobrando, me siento muy cansada y, por más bellos que sean los paisajes de Santander, duermo.
Lilián me despierta diciendo: "Ya llegamos", y vemos unas figuras que, si bien no conocemos, algo nos dice que están ahí por nosotros. Elsa y Jose, nuestros jefes directos por los siguientes seis meses, y Pablo, uno de los jefes de partida del restaurant. Nos llevan al departamento, que es ahora "casa". Al llegar, ya se encuentran tres personas más: un poblano, un cholulteca y un sevillano. Se crea la algarabía cuando suena la puerta, anunciando un nuevo compañero de cuarto: Jose, de Salamanca quien, se acopla instantáneamente. Todos son muy cordiales pero interactuamos poco, hace hambre y queremos conocer el pueblo. Bajamos a caminar un poco, a movernos después de estar tanto tiempo sentadas; es en verdad pequeño, pero pintoresco. Buscamos algo económico para comer ¿Sandwich y té? Nada mal. Regresamos al departamento, y al tocar las camas, quedamos inmersas en un sueño pesado. Son las cinco de la tarde.
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| La vista desde la tarde |

Me cronicaste un excelente viaje. Te quiero seguir leyendo. Punto para Haba :D
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