El día anterior, Jose nos ha platicado mucho sobre una ciudad cercana a San Vicente, llamada Comillas, y hemos acordado él, Lilián, David, Angela y yo en ir el día de hoy. Aunque podríamos ser personas flojas y disponer del carro, hemos decidido que iremos a pie: la idea es ir, rodeando por la playa y llegar ahí. Son escasos diez kilómetros, suena a posibilidad. Entre broma y broma, decidimos que nos despertaremos a las siete de la mañana... No creo que suceda, pero David ha asegurado que será el despertador humano. Para no hacer el cuento más largo, hemos despertado a las nueve treinta, y ya se sienten desesperados por irnos. Nos arreglamos lo más rápido posible, y emprendemos camino. Diez kilómetros... ¡no es nada! Si, claro...
Iniciamos el recorrido por la bahía de la Barquera, cruzamos un puente, y al terminar éste, hay dos maneras para continuar nuestro camino: una, seguir la carretera y, dos, ir por debajo, y caminar a lo largo de la costa, esperando que esté lo suficiente baja la marea para cruzar sin complicaciones. Elegimos ir por la playa. El primer tramo es el cielo en la tierra: arena tibia, pequeños riachuelos que descienden en dirección a la mar, aunado al juego de preguntas y respuestas que hemos empezado con Jose, para pasar el tiempo. Cuando creía que todo era bello y tranquilo, nos encontramos con una enorme pila de piedras interminable; me resultó divertido andar por ellas, pero después de un rato, mis pies ya habían hecho contacto con el agua y caminaba con los tenis helados. Alto. La marea nos ganó y ahora no podemos avanzar por la playa. ¿Qué hicimos? Buscamos una ruta alternativa, pero esto implicaba en escalar un poco; nos detuvimos un momento para descansar, en lo que tomábamos energía para jugar a ser Spiderman. David, siempre intrépido, es el que guía a la tropa hacia la colina: mucho cuidado con las espinas y los riachuelos, que a esa altura hacen lodo... Olvídenlo, ya me he manchado los pantalones. Continuamos el camino, en busca de alguna señal que nos indique por dónde ir; pasamos muchas fincas pequeñas, con vacas felices pastando (si, hay muchas vacas en estos alrededores...¿Que cómo sé que son felices? Tienen su espacio VIP de pastura, eso es innegable). Por fin, encontramos la carretera y un letrero que indica "Comillas - 5 kms". De acuerdo, hacia allá vamos.
Pasamos por otros pequeños pueblos, un campo de golf, una laguna en la que hay cisnes blancos lindos y gaviotas al por mayor. Tres kilómetros, es lo que nos separa de la ciudad que han mencionado mucho y dicen que es una "guapura" de lugar (aquí, todo es guapo, excepto la gente). Dándonos la bienvenida, en una colina, se encuentra la Universidad de Comillas: oficialmente, hemos llegado. Aunque no se puede percibir mucho, ya que se encuentra rodeada de muchas colinas, lo que es visible es impresionante; los edificios principales, tienen una gran influencia del modernismo, y me fascinan. La fatiga ya llegó a nosotros, y nos merecemos una bebida que nos refresque: una coca es excelente y, con naranja, mejor. Una vez que recobramos el aliento, vamos por unos baguettes, queso y jamón para armarnos una merienda en la playa. Seguimos la ruta a la costa de Comillas, tomamos asiento en la arena y hay una ventisca ¡que abruma! Pero no nos detiene, a comer nuestro baguette y disfrutar de la vista. Cuando menos lo esperamos, ya es hora de partir, porque estamos a cuenta de la luz del día. De regreso, iremos por la carretera. Lo único que puedo hacer es contar los kilómetros restantes y tomar fotografías; no he cargado conmigo mis audífonos y tendré que disfrutar de los sonidos de la naturaleza. Vamos en fila india, pero a destiempos: primero van Jose y Angela, después David, y por último, Lilián y yo. Al llegar al kilómetro cinco, nos detenemos para tomar un poco de agua y descansar... Y de vuelta al recorrido. Ahora vamos Jose y yo a la cabeza, después Lilián, David y Angela. Aunque me siento cansada, también estoy motivada; no había hecho algo así en... mucho tiempo, y me resulta alentador llevarlo a cabo. De lejos puedo ver la costa de San Vicente; ya el último tramo es el más sencillo y, a la esquina de la casa, nos sentamos en un bar, para tomar una cerveza, en señal de triunfo, y recapitular lo sucedido en el día. Subimos al departamento, y nos dicen que tomemos un poco de agua con azúcar, para evitar "las agujetas"; no sé si es broma o verdad, pero muy obediente la tomo. Terminado el día, me encuentro agotada pero feliz, y lista para otro día.
Pasamos por otros pequeños pueblos, un campo de golf, una laguna en la que hay cisnes blancos lindos y gaviotas al por mayor. Tres kilómetros, es lo que nos separa de la ciudad que han mencionado mucho y dicen que es una "guapura" de lugar (aquí, todo es guapo, excepto la gente). Dándonos la bienvenida, en una colina, se encuentra la Universidad de Comillas: oficialmente, hemos llegado. Aunque no se puede percibir mucho, ya que se encuentra rodeada de muchas colinas, lo que es visible es impresionante; los edificios principales, tienen una gran influencia del modernismo, y me fascinan. La fatiga ya llegó a nosotros, y nos merecemos una bebida que nos refresque: una coca es excelente y, con naranja, mejor. Una vez que recobramos el aliento, vamos por unos baguettes, queso y jamón para armarnos una merienda en la playa. Seguimos la ruta a la costa de Comillas, tomamos asiento en la arena y hay una ventisca ¡que abruma! Pero no nos detiene, a comer nuestro baguette y disfrutar de la vista. Cuando menos lo esperamos, ya es hora de partir, porque estamos a cuenta de la luz del día. De regreso, iremos por la carretera. Lo único que puedo hacer es contar los kilómetros restantes y tomar fotografías; no he cargado conmigo mis audífonos y tendré que disfrutar de los sonidos de la naturaleza. Vamos en fila india, pero a destiempos: primero van Jose y Angela, después David, y por último, Lilián y yo. Al llegar al kilómetro cinco, nos detenemos para tomar un poco de agua y descansar... Y de vuelta al recorrido. Ahora vamos Jose y yo a la cabeza, después Lilián, David y Angela. Aunque me siento cansada, también estoy motivada; no había hecho algo así en... mucho tiempo, y me resulta alentador llevarlo a cabo. De lejos puedo ver la costa de San Vicente; ya el último tramo es el más sencillo y, a la esquina de la casa, nos sentamos en un bar, para tomar una cerveza, en señal de triunfo, y recapitular lo sucedido en el día. Subimos al departamento, y nos dicen que tomemos un poco de agua con azúcar, para evitar "las agujetas"; no sé si es broma o verdad, pero muy obediente la tomo. Terminado el día, me encuentro agotada pero feliz, y lista para otro día.
| Universidad de Comillas |
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